
Si soy sincera conmigo misma, he de confesar que me sorprendió ver que el mundo seguía igual, que no había modificado su curso ni se había detenido un instante a contemplarnos con melancolía. Que no mostraba ni un ápice de compasión.
A nuestros ojos, siete años son mucho tiempo. Pero el mundo es ya muy viejo y para él no suponen más que un abrir y cerrar de ojos. Por eso, si soy sincera conmigo misma, he de reconocer también que si el mundo se hubiese parado a mirarnos lo habría hecho con un deje de indiferencia, haciéndonos sentir aún más pequeños e insignificantes.
[...]
Ahora los dos vagamos por el mundo solos, mirando a la gente pasar y contemplando la ciudad bajo otra luz, la luz del que ha construido pieza a pieza una vida multiplicada (café para dos, champú para dos, cama para dos) y ahora comprueba como el mundo individual no es ni tan bueno ni tan malo como se le había antojado en épocas pasadas.
[...]
Cuesta imaginar esta sensación un par de años atrás, cuando todo parecía ya consolidado y ambos escondíamos tantas ansias de libertad que, si nos descuidábamos, se nos caían al suelo. Sin embargo, cuando llega la noche y me acuesto en una cama que se ha vuelto demasiado amplia, reconozco que me pregunto a menudo qué tal estarás, cómo te irán las cosas.
Si soy sincera conmigo misma, me sorprende que, hasta la fecha, el mundo no nos haya parado al vernos pasear solos para decirnos: “hacíais una bonita pareja”.